RAUL RIGANTI: EL HEROE DE LOS CAMINOS (parte 1)

Allá lejos y hace tiempo,  Angela Valli contrajo enlace con Juan Riganti, y fruto de esta relación, comenzaron a llegar los hijos. La casa de la familia, ubicada en barrio Norte, comenzó a ser testigo del crecimiento de la misma.

El dia 26 de enero de 1893, los hermanos Juan, Arturo, y Sara, recibieron la compañía del nuevo retoño: Raúl, un bebé de cabello rubio  y  enrulado, que traía  “de fábrica” un sello  distintivo: una nariz un poco mas grande de lo habitual, la que sería casi tan famosa, como sus futuras hazañas sobre ruedas.

Raulito era un chico muy inquieto, extrovertido, curioso, algo poco común en los niños de su edad. Sus padres tenían diferentes conocimientos, y ambos trabajaban de lo que deseaban. Su madre, algo difícil de ver por aquellos tiempos, era médica obstetra, mientras que su padre, era carpintero. Podríamos colocar a la familia dentro de una clase media, que hacía poco que comenzaba a formarse, y aunque es bueno aclarar, que si bien en aquella casa, no se tiraba manteca al techo, gracias a las ganancias mensuales, fruto de las ocupaciones del matrimonio, una mucama ayudaba en las tareas de todos los dias.

Raúl recordará muchos años mas tarde, aquél  instante en que su vida de niño, ya no sería la misma: Una tarde, quedó estupefacto al observar aquél bulto extraño y empaquetado, que dejaba apreciar un conjunto de formas que eran difíciles de disimular, para los ojos de un niño como Raúl, claro. Aquello, no era otra cosa que un lindo y flamante triciclo, que su padre le tría de regalo.

Aquél acontecimiento marcó un antes y un después en la vida de Raúl, como así también en la de sus padres…

Después de entregarle ese regalo tan especial, sus padres le impusieron ciertas condiciones, que Raulito tendría que cumplir a rajatabla, porque sino… ¡Chau triciclo!

Las ordenes a cumplir eran las siguientes:

1) Ser obediente.

2) andar siempre por la vereda y NUNCA bajar con el triciclo a la calle.

3) No chocar a la mucama, al perro de la casa, y mucho menos a las macetas del patio, que tanto cuidaba mamá Angela.

4) y por último, no prestarlo, y siempre cuidarlo.

Todo parecía estar en orden, hasta que Raulito se pegó su primer tortazo sobre ruedas: Una violenta frenada al llevarse por delante una enorme maceta de tres patas, que terminó en pedazos contra el piso, mientras que él, salía despedido, para darse de lleno la frente contra el piso.

¿El resultado? La madre resignándose, el padre refunfuñando alguna que otra palabrota entre dientes, el triciclo estacionado arriba de la alacena, y Raulito, sintiéndose orgulloso de su chichón en la frente, al vérselo en el espejo de un armario.

Pero como les había contado, Raulito era un chico inquieto, así que ante el menor descuido de sus padres y de la mucama, agarró una escalera, se trepó dos metros hasta llegar arriba de la alacena, para así poder “rescatar” al triciclo. Pero al querer bajar de la misma, y con las manos sosteniendo el bólido, le pifió a un escalón, y se cayó desde esos enormes dos metros de altura, de cabeza contra el piso, y obviamente, con el triciclo encima…

Pasado el desastre, Raulito quedó con un corte importante en el cuero cabelludo. Su padre, tratando de fingir una dureza que no le salía, lo miró a los ojos y le dijo serenamente: “Así aprenderás” (…)

Ese fue el error fatal, creer que Raulito iba a “aprender” por habérsela pegado. No sabían que ese pibe yá estaba marcado de por vida para los deportes sobre ruedas. A la vuelta de los años, Raúl se definía de una manera única.

” Lo único que terminé aprendiendo, es que gracias a ese triciclo, el deporte entró a mi. y en mí, con sangre. Desde ese triciclo, tán generoso de alegrías, que me puso campanitas en mi corazón de purrete, yo sentí nacerme para el vértigo.(…) Yo no me concebía quieto, manso, me veía disparando siempre. Yo fuí el hombre que quería despegarse de su sombra” (…)

Las cartas ya estaban echadas. Después de ese triciclo, vino un velocípedo, y Raulito, comenzó a correr la vuelta a la manzana.Un accidente que le dejó la nariz bastante machucada, tampoco pudo detenerlo… Raulito seguía pedaleando, cada vez más rápido ante la mirada de todos, que jamás podrían llegar a creer, lo que dentro de ese niño, se estaba gestando …

Las cosas habían llegado a un límite para sus padres, si bien Raulito no le escapaba al estudio, en cuanto había una oportunidad, se pegaba sus buenas rabonas, y ellos creyeron que un poco de disciplina, lograría “enderezarlo”, y fué así que decidieron enviarlo como pupilo al colegio San Carlos. Allí dió que hablar, como por ejemplo, organizando una fuga con otros alumnos, la cuál fracasó, pero con eso y todo, dos años mas tarde, en 1904, Raulito se recibió con 11 años, y comenzó a concurrir al bachillerato, (ya no en calidad de internado). Cuando a instancias de su hermano Juan, el mayor de todos, que era ciclista y dueño de una bicicleta de carrera, (un sueño para pocos), Raulito toma por primera vez contacto con ese famoso deporte de velocidad y resistencia. Y al igual que otros muchachos de aquellos tiempos, que llegarían a ser “ases” del camino, lo primero que aprendió, es que primero se empezaba con las bicicletas, después vendrían las motos, y por último, los autos…

Pero eso viene después,  y aunque me salgo de la vaina por seguir escribiendo para ustedes, es mejor esperar hasta la próxima semana, para disfrutar de la segunda entrega. riganti 1 riganti

DETALLE DE LAS FOTOS QUE ACOMPAÑAN AL TEXTO

En la primera foto, aparece Raúl, posando de muchacho, en un estudio fotográfico, en tiempos en que prácticaba; mientras que en la segunda foto, aparecen aparece la familia de Raúl Riganti, al que podemos ver de pie, a la izquierda de la misma.

Lucas Barón.

Los espero en nuestro clásico sitio de encuentro: La página web del petit museo y conservatorio de vehículos ancianos de Omar Roglich.

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