RAÚL RIGANTI, EL HÉROE DE LOS CAMINOS (parte 3)

Raúl debería de estar más contento que nunca. Tanta lucha, para alcanzar lo que él tanto deseaba. Tanto perseverar, y soportar la negativa de todo su entorno, hasta este presente. Un trabajo fijo y estable, una ocupación lucrativa, el tuteo con las motos, y el continúo encuentro con la velocidad, que poco a poco comienza a envolverlo.

Raúl no dejaba ni un momento de observar a los mecánicos trabajar. Ser probador de motos no está nada mal, pero claro, no es lo mismo trabajar en los motores, que sólo salir a probar la moto arreglada. Sabedor de lo que hay que hacer, para aprender el oficio, no interrumpe, no pregunta, no propone. Sólo mira bien cada movimiento de “los que saben”, que no son muchos. Esta es la mejor forma de “entrar” con los mecánicos, ya que al observarlo tan aplicado e interesado, de a poco lo invitan a participar, explicándole los secretos de tan noble ocupación.

Paralelamente a su amor por la mecánica, Raúl se enrosca con el boxeo, en tiempos en que había que cruzar el Riachuelo, para llegar a la zona de “Barracas al sud”, que hoy dia, conocemos por Avellaneda, para poder asistir a las “trenzadas” de boxeo. Todo parece indicar, que Raúl no llegó a probarse en  este deporte, aunque está bien documentado, su interés por el mismo.

1910 lo ve a Raúl sentado por primera vez en una moto de carreras. Don Cándido Bugallo, convencido de que dentro de aquél joven, había pasta de ganador, decide apadrinarlo, siempre y cuando no descuidara su trabajo, y se comprometiera a entrenar de manera seria con una “Warner”, propiedad de Bugallo, y comienza a entrenar en el camino de tierra que va de Nuñez a Olivos, el mismo que vio pasar por su trazado a los automóviles que participaron en la primera carrera campo adentro, conocida como “La Recoleta – Tigre” en 1906. Es más que probable, que Raúl estuviese entre el público en la largada de aquella mañana, contemplando aquéllos “bólidos” de antaño…

En uno de esos recorridos, y probando la máquina a fondo, Raúl pierde el equilibro, y el revolcón le cuesta la primera de sus 17 fracturas. ¡Su nariz !

Llega el mes de octubre de 1912, y el programa de motociclismo de la Sociedad Sportiva, lo encuentra en la linea de largada. Logra llegar en un impensado segundo lugar, adelantándose a otros corredores de mucha más experiencia. Esta carrera, marca el bautismo de fuego en las competencias de motociclismo para Raúl Riganti.

El hipódromo de San Martín, lugar obligado al momento de correr en moto, es testigo de su primera victoria, sentado sobre otra moto que fuera propiedad del bueno de Bugallo, una “Simplex” de identidad holandesa.

Esos primeros años no encuentran a Raúl como un corredor compenetrado totalmente en las carreras.   Su pasión por los motores es tál, que logra el privilegio de servir como ayudante de mecánica del Aero Club Argentino, prestando servicio en los motores Le Rôme,  y Gnome de los aviones del gran Jorge Alejandro Newbery, el cuál quedará para siempre en sus gratos recuerdos, basados en la calidez y simpleza de algunas conversaciones con “El señor del coraje”.

Me fue imposible ubicar registro alguno sobre una posible incursión aérea de Raúl Riganti, pero quién sabe…

Todo parece indicar, que la muerte del primer gran ídolo de masas, allá por el primero de marzo de 1914, marcó el final de la relación de Raúl con la aviación.

Sin embargo, ese mismo año, una gran noticia de carácter deportivo, le hace ganar el mote de “barullo”. De seguro, debido al sacudón que despertó en los muchachos que frecuentaban las esquinas de aquél lejano Buenos Aires, apretujándose unos con otros, para poder ver mejor, aquél ejemplar de la afamada revista de deportes mecánicos, hoy tan difícil de ver, como una mariposa de tres alas, llamada “Automóvil y Sports”.

Allí estaba Raúl Riganti, cruzado de brazos, montado en una auténtica “rompe huesos”. La emblemática “Filyng Merkel”, también propiedad de Bugallo, quien a esta altura de los hechos, podríamos calificar como el primer “iniciador” deportivo de Riganti.

Pero esa moto era cosa seria, capaz de alcanzar más de 135 kms/h sobre esos desastrosos caminos de tierra, huérfanos de toda señalización, mezcla de pantanos a medio secar, toscas de todo tamaño, que asoman sus filosos ángulos, amenazando con tajear sin más ni más, y de lado a lado, a cuánta cubierta calzen de perfil, pozos, badenes, clavos de herraduras por doquier, los caballos y vacas sueltas…  En ciertos tramos, hasta las gallinas de algunas granjas, se adueñaban de esas huellas…

La prueba de carácter anual, donde se imponía una lucha sin piedad entre los más bravos de aquél entonces, se llamaba ” el Criterium Motociclistico de Apertura”, y festejaba su segunda edición. Sólo corrían los mejores, las casas importadoras mostraban el poder de sus equipos oficiales, ver los uniformes con las publicidades bordadas a mano en las tricotas de lana, era como ver a un astronauta caminar con todo su equipo puesto, por la rambla de Mar del Plata… Sin lugar a dudas, había mucho en juego; fama, dinero, las mejores máquinas, los contratos por venir… Y todo eso, era un imán irresistible para Raúl.

Pero Cándido Bugallo sabía bien de que se trataba. Era una verdadera locura largar sin conocer la ruta.  La regla a cumplir sin chistar, era por demás entendible. Raúl tendría que recorrer al menos, una vez el trayecto de punta a punta con la moto, de otra forma sería por demás peligroso para su vida arriesgarse a correr “a ciegas” más de 300 kilómetros, absolutamente desconocidos para él. Había un “bonus”, quizá mayor que el de ganar la contienda más importante en materia de motociclismo de aquellos días. La sola fantasía de ganarle por tiempo neto a la locomotora más rápida del país, quien orgullosa e imponente, hacía de punta de lanza en el convoy que unía a Buenos Aires con Rosario. Se trataba de “El rápido”. Aquélla formación, propiedad del Ferrocarril Central Argentino, tenía la merecida fama de ser el medio de transporte más rápido conocido hasta entonces. Nadie, absolutamente nadie, podía seguirle el tren de marcha al “monstruo de acero” del Central.

Nadie, absolutamente nadie, que no fuera Raúl Riganti, por supuesto …

Nicolás Lucas Barón.

Espero que estén disfrutando de esta historia, como yo, al escribir para ustedes.

Las imágenes que acompañan esta nueva entrega, nos muestran a Raúl Riganti, fotografiado mientras entrena, en el hipódromo de San Martín, allá por 1915. Y del mismo año, es la otra imágen, en la cuál, aparece condecorado con flores, en medio de sus “hinchas”. Los fieles seguidores de sus hazañas en dos ruedas.RIGANTI 2 RIGANTI 3

No se pierdan la próxima entrega de “Raúl Riganti, el héroe de los caminos ( parte 4).  Los espero la próxima semana, en nuestro clásico lugar de encuentro; la página web del petit museo y conservatorio de vehículos ancianos de Omar Roglich.

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