RAÚL RIGANTI, EL HÉROE DE LOS CAMINOS (última entrega).

Se larga la carrera, y Raúl le dá sin asco al Terraplane, sabedor de que en la vida, hay que jugarse, para poder ganar, llega a Mendoza con toda la carrocería hecha un desastre. ¡Hasta el asiento de Raúl esta todo flojo! En el taller de la casa Hudson de Mendoza, realizan arreglos básicos, corriendo contra reloj. Los mecánicos le aconsejan “prudencia” al momento de cruzar la cordillera… ¿Prudencia? ¿Qué es eso de prudencia? ¿Y para qué quiere Raúl “prudencia”? ¿Para que los Ford v8 lo dejen atrás como poste de telégrafo, mientras él, va de paseo con “prudencia,” manejando el Terraplane?

La inmensidad desoladora de la cordillera ve pasar al Terraplane sin piedad, para llegar a Santiago de Chile y dejar al coche, en manos de los mecánicos de la casa Hudson, de la capital trasandina.

Allí está el dueño de la licencia para importar los Hudson y Terraplane en Argentina, el señor Buxton, quien esperó pacientemente la llegada de Raúl, para cambiar opiniones, acerca del comportamiento del coche.

-La carrocería está rajada de lado a lado, ¡igual que el chasis!

-¿Y el motor, cómo está?

- Perfecto.

- Entonces no te preocupes Raúl, que vas a ganar la carrera.

Llegan a Comodoro Rivadavia, y el viento es tan fuerte, que el puesto de control se voló, mientras los encargados de marcar la hora de llegada, corren como locos, las planillas que el viento hace volar por el aire. De nuevo una lavadita de cara al Terraplane, y a seguir corriendo, para afrontar la última etapa de 1121 Kilómetros.

Pierden la rueda delantera izquierda a la altura de San Antonio oeste, y Borthiry tiene que correr la maratón para poder alcanzar la rueda. En General Conesa, se quedan sin frenos al cortarse la cañería del sistema hidráulico, algo que los Ford no sufren, al tener sus frenos mecánicos, hacen todo lo que pueden, pero solo logran a duras penas hacer frenar las ruedas traseras. Un badén traicionero, hace que el chasis se hunda más todavía, encima se rompe el soporte de la caja de cambios, y no se puede colocar ninguna velocidad, así que a darle como está, en cambio trabado, hasta llegar…

Están terceros en la general, en un taller de mala muerte logran acomodar un poco la bolsa de fierros que es el Terraplane, y siguen como siempre. A todo o nada, y llegan a La Plata con el mejor tiempo, lo que les da la victoria, a pesar de los años de interminables esfuerzos, de no parecer encontrar quien le confíe un coche, a pesar de poder echarle mano al auto recién faltando 48 horas antes de largar. Sonreírles paternalmente, al ver a los nuevos corredores, jóvenes ellos, que crecieron escuchando sus hazañas, y ahora no podían creer tenerlo en frente, peleando mano a mano, con 43 años, cuando ellos promediaban los 25. Aún más sucio y cansado que ellos, pero alimentándose del fuego sagrado que lo incendiaba por dentro.

Ese fuego interno, es el combustible de los grandes. Ese fue el alimento del corazón de Raúl Riganti.

Aquél Gran Premio internacional de 1936, ganado magistralmente por la experiencia de Raúl, marcó la despedida de las carrocerías abiertas para las competencias en ruta abierta, y para poder concursar, había que colocarles techos de lona, guiados por guías metálicas rebatibles, las carrocerías cerradas, eran la nueva tendencia, dando un pequeño plus de seguridad. Estaba comenzando una nueva era, y Raúl, fue participe del final de aquélla época, como también del nacimiento de esta nueva categoría, llamada popularmente “turismo de carretera” concursando con los Hudson-Terraplane, que ya habían dado muestras claras de la calidad de su noble y aguantadora mecánica.

Mientras tanto, la esperanza de volver a correr otra vez en las 500 millas de Indianápolis, de buenas a primeras, pasó de ser tan solo una locura más de Raúl, a una tangible realidad, al formarse una comisión encargada de recolectar toda la ayuda disponible del pueblo argentino, visiblemente encariñado con Raúl.

Por supuesto; Raúl invierte todos sus ahorros, y hasta el dinero que no tiene, para dar el ejemplo que siempre dio; primero para poner el pecho ante todo, tanto en las pistas, como en la vida misma, jugándose el todo, por el todo. La palabra “especulación”, jamás existió en el diccionario de la vida de Raúl Riganti.

Osvaldo Parmigiani, corredor de buena cepa, y amigo de Raúl, fue elegido para acompañarlo, y eventualmente, poder reemplazarlo si fuese necesario. La dupla estaba formada.

Una vez cerrado el plazo de la colecta popular, el dinero alcanzaba para comprar la máquina ideal a los ojos de Raúl; una imponente Delage de 12 cilindros en v, una obra de arte con perfume francés, que la firma constructora de aquellos autos de lujo, no puede entregar, a causa de que Francia ha tenido que capitular, al ser invadida por Alemania.

Entonces comienzan las negociaciones relámpago con la casa italiana de los hermanos Maseratti, (así se escribía aquél apellido, con doble t) cuyo modelo pura sangre de 8 cilindros en línea hace furor en las pistas. Un modelo idéntico, fue el ganador absoluto en la edición de las 500 millas del año anterior, con Wilbur Shaw al volante, y eso ayuda a que la negociación cierre.

No se contrataron mecánicos de la casa Maseratti para atender a la máquina, optándose por cerrar trato con mecánicos norteamericanos con experiencia en estos modelos, pero extrañamente, estos no logran adecuar la suspensión para que la máquina pueda dar lo mejor de sí. Esto se nota en las sesiones de entrenamiento, previas al día de la carrera. Raúl tiene que luchar contra los trompos que hace el racer al momento de acelerarlo en plena curva, y además, los neumáticos que les venden en Norteamérica, se gastan demasiado rápido…

A pesar de esto, llega el día de la carrera, y Raúl sale a calentar el motor un par de vueltas, antes de ser llamado a colocarse en su lugar de partida.

La historia dirá que una vez que la mecánica entró en calor, Raúl pasó por el box argentino, a recargar combustible, y cambiar las bujías por otras especiales, de mayor rendimiento, que deben de colocarse únicamente con el motor en caliente, pero al momento de partir para la línea de largada, se percatan de que las bujías están alineadas sobre la mesa de trabajo de aquél box, ¡los mecánicos se olvidaron de colocarlas! Parmigiani se agarra de los pelos, Raúl larga una enorme ristra de puteadas, pero ya es tarde. La Maseratti va a largar, sabiendo Raúl, que a pesar de tener el coche a batir, no podrá lograr su mejor performance, hasta que pueda volver a entrar a boxes.

Después de varias vueltas, la Maseratti entrega mucha ventaja, por la falta de chispa suficiente, y no logra quemar de manera ideal el combustible especial, Raúl entra a boxes para cambiar las benditas bujías, pero la distancia cedida ya no se puede recuperar.

Sale Raúl a comerse de prepo todo lo que se le cruce, con tal de recuperar el tiempo perdido, pero debido a las tremendas sacudidas que ofrecen los ladrilos rojos del suelo de la pista, Ciff Bergere, rompe el tanque de aceite, Raúl está detrás de él, pisándole los talones, y no puede lograr esquivar la mancha dejada por el tanque rajado.

Las ruedas se bañan en el lubrificante, los volantazos son inútiles, y Raúl se va a toda velocidad contra unos fardos de paja primero, para terminar después con la trompa clavada en una zanja.

El despiste fue lo suficientemente fuerte para arruinar el tren delantero, una llanta, y la salud de Raúl, al ser despedido violentamente de su puesto de conducción, lesionándose la columna vertebral, lo cual le valió enormes dolores de espalda, e interminables noches de sufrimiento, al tener que tratar de dormir sentado en la cama.

A pesar de no poder lograr la victoria, a su vuelta, Raúl ganó una carrera muy especial que nunca antes había podido conquistar con claridad; la carrera del amor, cuya victoria la obtuvo al casarse el 30 de noviembre con Valentina Corengía, para después recibir juntos, la llegada de Ana María.

Además, la comisión organizadora que logró reunir el dinero para la compra de la Maseratti, le obsequió la saeta italiana, en señal de reconocimiento a su extensa y gloriosa carrera deportiva. Raúl la llevó a correr en un par de oportunidades más, pero los problemas para conseguir los carburantes para la mezcla exacta, la falta de repuestos, lo difícil de su correcta puesta a punto, y la tremenda escasez de las medidas adecuadas para los neumáticos, conspiraban en el rendimiento del “racer” más veloz que supo manejar.

Raúl recordaba a su manera:

“Tuve mala suerte cuando vine de Indianápolis, traje la Maseratti que filaba como ninguna, era de tener firme porque se iba como por un tubo. Sucedió que vino la época de falta de combustible, y no había como hacerla andar. En algunos viajes al interior, conseguí “chimichurria”, pero se la fumó toda en los entrenamientos, entonces se la vendí a Puópolo”.

Después de su última presentación en 1941 con la Maseratti, nunca más se lo volvió a ver subido en un bólido en las pistas. En un frustrado entrenamiento, en el cuál no se pudo conseguir los derivados necesarios del petróleo para realizar la mezcla justa y hacerla rendir lo necesario, sólo quedó subirla en el camión, y volverse a Buenos Aires, sin dar demasiadas explicaciones al respecto, no por falta de modales, sino por la bronca y la amargura, al ver como bajaba de manera dramática, el rendimiento del bólido saliéndose de punto, y fallando todo el tiempo.

La máquina más veloz del continente, a los mandos del hasta entonces mayor velocista en actividad, y que juntos habían alcanzado en anteriores entrenamientos, en vísperas del Gran Premio Ciudad de Buenos Aires, en el circuito de Retiro, los 305 kilómetros por hora, sin forzar su mecánica al máximo. En este caso, a duras penas habían logrado clasificarse. Para colmo de males, el magneto se averió, al romperse la tapa, quizás por agarrar algún pozo, ya que no olvidemos, que en materia de superficie, la tierra reinaba. Algo imposible de hermanar con la tecnología de ensueño, de una máquina tan veloz como delicada.

La fría garra de la guerra, que todo lo que alcanza destroza, dejó sin carreras a nuestros pilotos, sentenciando un final abrupto a la carrera de Raúl, pasando la Maseratti, a los cuarteles de invierno…

Fue entonces que Raúl comprendió, que era hora de dar una vuelta de hoja en su vida, y le vendió la máquina a Pascual Puópolo.

Al hacer esto, Raúl estaba dando por finalizada su carrera automovilística.

El futuro era sombrío para los deportes mecánicos, no había combustibles especiales por ningún lado, se armaban colas de novela, para conseguir 20 litros de nafta común, entregando los tan preciados cupones de racionamiento por 5 litros cada uno, así que imaginen ustedes el resto…

Como broche de oro, y por la inoperancia de los encargados de defender lo nuestro, dejan varados en Indianápolis al momento de emprender el regreso, 1.400 litros de combustible especial, combustible pagado por cada uno de los argentinos que de todo corazón, donaron lo que pudieron de sus jornales, para hacer posible que Raúl se juegue al todo o nada, representando a nuestro suelo, en tierra extranjera. De estar esos 1.400 litros de oro líquido, de seguro Raúl hubiese dado mucho de qué hablar, en las pocas carreras, realizadas para los purasangre de aquél entonces, que se disputaron en 1941.

Se supo que Raúl, al momento de cerrar la venta, obtuvo la promesa de Puópolo de entregarle la máquina, para que este se retirase de una manera digna, en una competencia con todas las de la ley, del tipo internacional, con la visita de “los ases” europeos, pero no se sabe por qué la promesa no se cumplió´, y Raúl se quedó en silencio masticando bronca.

Al respecto, Raúl decía con toda franqueza:

“Cuando uno no se mete en nada, no pasa nada. Yo me metí y paso algo. Eso es todo.” (…)

Después de este triste final, no sólo se lo podía ver de visita en los boxes, también fue miembro del cuerpo de delegados del A.C.A, y además, representaba a su querido Moto Club Argentino, sin dejar de lado de las clásicas reuniones entre amigos en el bar, algunas visitas a Rafaela, donde por supuesto, era un imán al momento de sentarse a revivir aquellos tiempos pasados…

Hasta que en 1948, se organiza la carrera más larga de la historia, la famosa “Buenos Aires-Caracas”, y Raúl experimentó un metejón como cuando era purrete.

“¡Dale!, armamos un Ford y les ganamos a todos”, le insistía a un mecánico amigo, pero luego, después de hacer las cuentas, le dijo ofuscado: “¡No corremos!”. En fin, cosas de Raúl.

En 1954, el Moto Club Argentino, organizó una carrera de motociclismo, en el velódromo municipal, reuniendo a los viejos “ases” del ayer, participaron Ernesto Hilario Blanco, Carlos Santiago, Antonio Gaudino, obviamente Raúl Riganti, y varios más, y fue como un pequeño revivir…

Atrás quedaban los incontables años de gloria ganada con las motos, la increíble seguidilla de triunfos sobre 4 ruedas, los 17 huesos rotos en vuelcos, accidentes y revolcones varios…

“Ahora me agarró el parate… si tuviera una máquina, elegiría las carreras. Por mi dad, ahora me convienen las largas, las de largo aliento, las de velocidad pura, son para 20 años menos. Pero una carrera como la Panamericana, me la corro apenas se me conecte la suerte con un chorro medio roncador, ¡y llego prendido!”

A mediados de los años 60’, ya se lo veía poco en el ambiente, de ese tiempo, es una de las imágenes que ilustra esta última entrega, podemos verlo bajándole la bandera a cuadros a Rubén Luis Di Palma…

“De todas maneras, aunque medio de incógnito, yo sigo estando. No solo voy al autódromo, ese maravilloso escenario de pruebas mecánicas, sino que a mí me dicen que corren dos de a pie, ¡y ya estoy parado!”

Al momento de reflexionar, dejaba fluir sus verdades:

“Si la oportunidad se me presenta, no he de ser yo, quien le saque el cuerpo a la cuestión. (…) Yo nací para correr. No correr, es para mí, irme muriendo de a poco. Nada más que de a poco”.(…)

A pesar de ser injustamente olvidado por nuestra sociedad, Raúl pugnaba por tratar de ser útil, aportando su experiencia, donde quisieran recibirlo…

Y nunca faltaba su frase, llena de entusiasmo: “Si me convidan, ¡me prendo en otra!”

A finales de aquella década, su salud comenzó a decaer, teniendo que ser internado a mediados del mes de agosto de 1970.

Esta, su última carrera, lo vio luchar mano a mano durante más de un mes y medio, hasta que el 1º de octubre, a las cuatro de la tarde, el mismo Dios en persona, le bajó la bandera a cuadros….

Ojalá nuestra sociedad algún día, levante de una buena vez por todas, el patético manto del olvido, que tiende con orgullosa ignorancia, sobre aquellos que le sacan hasta la última gota de jugo a la vida, sobresaliendo con brillo propio, entre la eterna procesión de mediocres. Esos mismos, que extrañamente, nos quieren imponer, como falso ejemplo de vida.

Estoy muy feliz de haber escrito sobre la vida de Raúl Riganti, y deseo de todo corazón, que hayan disfrutado de leer las 10 entregas, como yo disfruté, de escribirlas para ustedes.

Nicolás Lucas Barón.

Las imágenes que acompañan la última entrega, nos muestran a Raúl y a Borthiry, conquistando la Cordillera de los Andes, y posando en un control de etapa, después aparece Raúl, sonriendo junto a su inseparable cigarrillo, y la trompa del Terraplane, al finalizar ganador de la carrera, en el control final de La Plata. Después lo vemos al volante de un Terraplane de techo metálico, en el Gran Premio de 1938, posando con la Maseratti en Indianápolis, en 1940, bajándole la bandera a cuadros a Rubén Luis Di Palma, y su última foto pública, siempre con su cálida sonrisa.RAUL RIGANTI (5)RAUL RIGANTI (10)RAUL Riganti en Comodoro-GP1936-16 (2) RAUL RIGANTI G.P. DEL 38 raul riganti le baja la bandera a luis di palmaRAÚL_RIGANTI_EN_INDIANAPOLIS_CON_MASERATTI_8CF_1940RIGANTI EN INDIANAPOLISDSC02562

Los espero a todos, para disfrutar de la próxima entrega, en nuestro clásico lugar de encuentro, la página web del Petit Museo y conservatorio de vehículos ancianos de Omar Roglich.

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