EL INOLVIDABLE CARLOS SATUSZEK – TERCERA PARTE -

Los Dioses de la velocidad abrazan simultáneamente a Carlos y Juan. Al primero, le llega la propuesta de un señor que no tenía experiencia directa con las carreras, pero si tenía el dinero suficiente para poseer un Mercedes-Benz con carrocería sport, y mucha confianza, en que de la mano de un buen mecánico, y haciendo las reformas necesarias, se podía pelear mano a mano con los “ases” del momento. La paga por los premios al llegar en las mas altas posiciones, eran muy generosas, y con un poco de suerte, se podría ganar buen dinero…

Ese hombre, mezcla de empresario, soñador, y visionario, se llamó Julio Brendt, y fue quien sirvió de acompañante en los primeros tiempos de entreveros en nuestras rutas de tierra, que protagonizara aquél extraño monstruo apodado “El Ómnibus”, en clara relación con su desmesurado peso y tamaño, al ser comparado, con los primeros camiones adaptados con asientos y nuevas carrocerías, que realizaban viajes de media y larga distancia por nuestros primitivos caminos…

Por su parte, Juan consigue hacerse de una linda suma de dinero, al compartir con Ernesto Hilario Blanco algunas victorias como acompañante, y gracias a la buena costumbre del ahorro, logra hacer venir a su familia desde la sufrida Polonia…

Este gesto de amor de Juan, cambiará la vida de Carlos, quien conocerá a la mujer con quien contraerá matrimonio; estamos hablando de la hermana de Maczak, quien llenará de luz, la vida de Zatuszek al darle un hijo, el único descendiente de Carlos…

Puestos nuestros dos amigos, a trabajar en el Mercedes, serruchan la parte trasera de la carrocería del mismo, eliminando el baúl, la capota, ambos paragolpes, los estribos, sus cuatro guardabarros, los enormes faroles, el parabrisas, las puertas…

Quedaba tanto espacio atrás, que se podían acomodar las enormes ruedas completamente acostadas, y seguía sobrando espacio, así que colocaron un buen cajón para las herramientas, sin la necesidad de colocar el clásico tanque de nafta sobre el chasis, ya que el original era tan grande, que aún en carrera seguía siendo efectivo, a la altura de donde terminaba la salida del múltiple de escape, sobresalían las famosas tres tomas dobles, forradas en aluminio, que impresionaban de solo verlo, y como cereza del postre, le dejaron dos pequeños farolitos, ubicados cada uno, a ambos lados de la máscara del enorme radiador a la altura baja del mismo. Lo de los farolitos, tenía una explicación lógica, ya que al trasladarlo, debían de hacerlo rodándolo, evitándose así, la confección de más de una multa…

Y así quedaron por un buen tiempo los simpáticos farolitos, que de seguro poco y nada alumbrarían, pero al menos, servían para cumplir con la ley, pasando a ser uno de sus rasgos principales al verlo pasar; el tamaño, el sonido del motor, y los farolitos…

El motor no se tocó, por el momento, no hacía falta. Tan solo una repasada para chequear que todo estaba bien, ¡y a fajarlo!

El debut no pudo ser mejor, se larga la carrera “Gran Premio Otoño” de 1928, que se corría en aquél famoso circuito de Morón, las mejores máquinas y los pilotos más famosos se dan cita en aquella prestigiosa competencia, y entre ellos, sobresale el mastodonte, largan, se inicia la lucha, las palabras sobran, solo cuenta la velocidad, la pericia al volante, la sangre fría, el coraje,,, Y de semejante duelo entre los mas grandes gladiadores del camino, Carlos Zatuszek, aquél perfecto desconocido, es quien arriba en un excelente tercer puesto…

La mayoría del público allí presente, le cuesta entender lo que está viendo… ¿Quién es el guapo ese, que aflora arriba de semejante catafalco?

Porque para llegar tercero, mira que hay que ser guapo corriendo con “eso”, ¡ mamita !

Las ampollas en los dedos y manos de Carlos, no podías borrar su sonrisa de satisfacción por la carrera realizada, la prensa rápidamente se le fue al humo, todos querían saber quien era aquél piloto desconocido, que sin lugar a dudas, habría venido desde lejos, ya que su tonada al hablar, lo delataba….

Y fue así, que Carlos comenzó a integrarse tímidamente, en ese increíble mundo de motores, caminos, sacrificio, gloria y muerte al volante…

Llegan las carreras más importantes del interior del país, y Carlos y Julio se presentan en todas las que pueden, La Tablada, Rafaela, y “Los ases”, de a poco, lo van reconociendo…

En la salida del gran premio de 1929, Carlos espera paciente en el auto, a que los organizadores le vayan indicando su lugar de colocación para salir, faltan un par de minutos para la largada, y los pilotos irán saliendo de a uno…

En una de esas, se le acerca Raúl Riganti, y le dice guiñándole un ojo:

“ ¿Y amigo, llegaremos a Luján ?…

Zatuszek cree estar soñando, una gloria del manubrio y del volante como Raúl Riganti, no solo le está hablando, sino que incluso bromea con él…

Y así, como por arte de magia, nace una relación  de amistad que lo acompañaría hasta el final de sus días…

En los instantes previos a la largada de las 500 millas de Rafaela de 1928, se acerca un maestro del volante, como Domingo Bucci, a ver de cerca a semejante armatoste sobre ruedas. Tanto Julio como Carlos lo miran y se quedan sin palabras ante el aura del “as”. A pesar de su diminuto porte, el impoluto mameluco blanco que lleva calzado el Mingo, deja mugrienta a la más hermosa de las nubes…

Bucci sonríe, y les propone a los dos novatos:

Muchachos, ¿nos sacamos una foto?

Y la foto inmortalizada, refleja el nacimiento de otra amistad, que esta vez, se verá trunca con la partida del Mingo…

Nicolás Lucas Barón.

Se vienen hermosos días de gloria, tanto para Carlos, como para su amigo Juan, quien no deja de supervisar la mecánica del “ómnibus”. Y juntos, ustedes y yo, vamos a revivir esos momentos a partir de la próxima entrega.

Las imágenes que ilustran esta tercera entrega, nos muestra un retrato de Carlos Zatuszek y Julio Brendt, el dueño del Mercedes-Benz (con bigotes)  en plena carrera.

En la segunda imagen,  nos muestra al Mercedes-Benz, a punto de largar el Premio Otoño

la tercera imagen   lo vemos a Carlos sonriendo mientras escucha el ronroneo del motor del “ómnibus”, mientras Julio Brendt, lo mira atentamente…, y la cuárta y última, muestra un retrato de Carlos Zatuszek y Julio Brendt, el dueño del Mercedes-Benz (con bigotes)  en plena carrera.

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Los espero a todos ustedes, a encontrarnos nuevamente para disfrutar juntos la próxima entrega, en nuestro clásico lugar de encuentro: La página web del petit museo y conservatorio de vehículos ancianos de Edgardo Omar Roglich.

 

 

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