HISTORIA DEL GRAN PREMIO NACIONAL A CORDOBA (TERCERA PARTE)

Llega el año 1911, y con él, la esperanza de repetir la carrera por los caminos utilizados el año anterior, además de especular con un mejor estado de los mismos. Pero esta vez, las lluvias se apoderaron del cielo mucho antes que el año anterior.

La Comisión deportiva del A.C.A., pareció aprender la lección impuesta el año anterior por la madre Naturaleza y apiadándose de los corredores, se decidió dejar pasar los días para poder verificar el estado de los caminos.

Pero no, las lluvias no aflojaron, se sacaban las cuentas de cuantos días de sol se tenían que agregar a la espera, para que secaran los caminos, y la mejor decisión, fue la de suspender la carrera hasta el próximo año.

1912 debía ser el año del retorno del Gran Premio, esta edición, al igual que la primera, sería de os etapas. Hasta Rosario en la primera, y hasta Córdoba en la segunda. Pero comenzaron a soplar los vientos de los intereses adversos al automovilismo. Opositores a nuestro querido deporte, hubo siempre, y sobre todo en aquellos tiempos, en donde estaba todo por hacerse.

Las autoridades de los municipios que se escalonaban por el camino a recorrer, desde Santa Fe a Córdoba, dejaron bien en claro que no estaban dispuestos a permitir, que sus caminos quedaran destrozados por el paso de los coches. Aquellos defensores de los caminos, no se preocupaban al ver como quedaban los mismos, al soportar las largas caravanas de carretas, que arrastrando con lentitud varias toneladas de peso, dejaban enormes huellones en la mansa tierra, imposibles de reparar sin el arduo trabajo de una buena cuadrilla de vialidad, algo que era muy difícil de concebir.

La manera formal, de hacer efectivas las quejas se vio plasmada en la emisión de nuevas ordenanzas de apuro, que prohibieron el uso de los caminos rurales para realizar careras de automóviles. Por otra parte, volvieron a hacerse sentir las coloridas quejas de los propietarios de vacas lecheras de la zona de Córdoba, quienes se negaban a dejar que utilicen sus caminos, para evitar que sus vacas  volvieran a indisponerse.

Entonces, las autoridades del A.C.A. decidieron acortar el trayecto, para evitar el paso de los coches por los campos de la provincia de Córdoba, mientras pactaban con las autoridades camineras de la provincia de Santa Fe, comprometiendo a todos los competidores a transitar por los caminos a velocidad de “tourismo”, evitando así, el maltrato de los mismos.

Al conocerse los pactos a cumplir, el tole-tole comienza de parte de los interesados por  la concreción de la carrera. Que con medio recorrido, es en realidad “un medio” Gran Premio, que sí, que no, que esto, que lo otro, hasta que el gobierno de la provincia de Buenos Aires, colocó la frutilla del postre, emitiendo una ley que prohibía por ese momento, la concreción de toda carrera en los caminos de la provincia.

Y entonces sí, ya no hubo más que hacer, a pesar de que las lluvias no se habían entrometido. La carrera tenía que suspenderse de nuevo.

1913, es también un año rabón para el Gran Premio. Esta vez, no se escuchan las quejas de los ganaderos, ni de los municipios. Esta vez, las lluvias vuelven a ser las principales protagonistas, y nuevamente, a sentarse a esperar ….

Si, es verdad, se corrieron algunas careras durante esos años, como para matar la espera, pero nada comparable al Gran Premio, ni por asomo.

1914 es el año en que se corta la mufa, y gracias a varias y difíciles negociaciones, se consigue armar un recorrido, algo menor al que anteriormente se pretendía cubrir, pero no menos interesante, ya que el final de la carrera, sería en caminos de la provincia de Buenos Aires, al igual que la partida, ya que al parecer, no tuvo mucho consenso la idea de volver a largar la carrera desde la Capital.

Ahora, una zona medio alejada en el partido de Morón, iba a ser la elegida sin saberse, que con el paso de los años, esta carrera sería la competencia automovilística de velocidad, más importante de Sudamérica , y tendría, de ahora en mas,  su largada y llegada, en aquél lugar.

A manera de calmar los ánimos de las autoridades provinciales, la carrera se largaría desde Morón, a velocidad de “tourismo”, y en fila india, es decir, ningún competidor podría pasar a otro, no habría ninguna necesidad, ya que no se cronometraría a ningún corredor a la ida. La idea era llegar hasta la localidad de Rio segundo (de la manera más discreta posible), largando desde allí, sin adentrarse por los caminos que conducían a la capital de Córdoba, en donde se encontraban los estancieros ariscos, junto a sus vacas nerviosas.

Fueron  7, los participantes de esta segunda edición, sabemos que estos fueron los de la partida, logrando sus ubicaciones por medio de sorteo, la noche anterior a la largada, en un hotel donde la muchachada se alojó .

El número 1 lo llevó Santiago Turina, en su coche marca CASE.

El número 2 fue para Dárhampé, su acompañante fue Yrigoyen, y llevaron un coche de la marca Motobloc.

El número 3 le tocó a Abel Irineo Poblet, y a su acompañante José Castaño, que largaron con un auto de la marca Springuel.

El número 4 fue para Diego Basset, y su Mors.

El número 5 cayó en manos de Alberto E. Roth, quien junto a su mecánico Hipólito, corrieron un Minerva.

El número 6 lo tuvo Enrique Radé, y su acompañante Carlini,  ambos a bordo de un Buick.

El número 7 lo sacó Maggioni y su acompañante Graziosi, compitiendo con un Imperia.

Ya en aquellos tiempos, 102 años antes, las noticias requerían de las mejores imágenes correspondientes para ilustrar las notas, máxime si nos referimos, como en este caso, a la única revista especializada en deportes motorizados, que era “Automóvil y Sports”. Cuyo director decidió enviar en uno de los coches que tomarían parte de la carrera, a uno de sus hombres de confianza, para que documente en imágenes el viaje de ida.

A Don Emilio Baudoin, le tocó “el honor” de ser el elegido, para cubrir el trayecto hasta Córdoba.

Claro, aquellos tiempos no eran iguales a los nuestros, no había recelos entre los corredores, ni guerra de egos, ni nada de esas tonterías por el estilo, así que como era de esperar, en el viaje de ida, los muchachos se divirtieron de lo lindo, sobre todo con Emilio, que no tenía ni idea de lo que le esperaba.

Vamos a relajarnos un poco, mientras ingresamos en el imaginario túnel del tiempo, y nos reímos de lo lindo con lo que nos cuenta Don Emilio…

“Como si las peripecias sufridas en este, mi debut touristico-automovilista bastasen para apocar los escasos bríos que heredé de mis mayores, la Dirección, luego de escuchar las quejas que le presento, por haberme obligado a un viaje tan terrible, pudiendo haber elegido a alguno de mis pinches, y sin considerar, que todavía me hallo con todos los huesos fuera de su sitio habitual, en vez de atenuar en algo mis dolores con alguna frase amable, me obliga  narrar a los lectores todas las que he pasado.”

“ ¡Todavía contarlas! Decididamente, la suerte no me favorece. Cambiemos el objetivo por la pluma, y atentemos contra la tranquilidad de los amables tipos que nos leen.” (…)

“ Bien, es verdad que alguna debía ser la vez primera, y a pesar de que al llegar a casa hice formal promesa de no volver a pecar en esta clase de cosas, ya me hallo nuevamente dispuesto a pasar otros días sin comer, durmiendo incomodo e insuficientemente, tragando tierra y barro y oyendo las imprecauciones de mi director, que me trató como a hijo ajeno después de haber reído a mandíbula batiente,conjuntamente con Pancho Radé, gozando ambos, ante el espectáculo triste, lastimoso de mi protuberancia nasal empeñada en tratar de cambiar de vestimenta.” (…)

“No me atevía a pedir lo que me ofrecieron, de manera que cuando supe que debía acompañar a Carlini y a Radé en el Buick de Hardcastle*, salté de contento, y conste que ya es mucho saltar cuando se posee una humanidad de 100 kilos netos, “al contado y sin descuento”, como dice Dartigue”. **

“La mañana del 22, era yo el más feliz de los mortales. ¡Oh, inconciencia! Equipado con convenientemente con breach, polainas espirales, gorra, anteojos,  etc  y un cargamento de placas sensibles, aunque no tanto como la tersa piel de mi rostro, amén de dos cámaras fotográficas, tomé colocación en el confortable asiento que se me había destinado.”

“Partimos rumbo a Morón y las primeras gotas del recio aguacero que cayera aquella mañana, al mojarme las pulpas, comenzó a achicar mis entusiasmos. Eché de menos el delicioso calorcillo de mi cama.” (…)

“Regresamos y ante la noticia de que los demás estaban en Luján, reanudamos el viaje. Hasta Luján probé de todo: barro, agua, pantanos, encajaduras, etc.. Nunca trabajé tanto en mi vida como aquella mañana . Carlini y Radé me volvían loco con sus chistes y bromas. Al llegar a Merlo, la vida en aquellas condiciones se me había hecho francamente insoporta- ble” (…)

“Salíamos de Merlo cuando apareció el Springuel con Poblet y Castaño. Suspiré aliviado. En el Springuel había otro gordo. El gordo Castaño. Y para mis adentros, me dije que entre los dos aguantaríamos mejor las bromas de los compañeros. Pero, infeliz de mi, olvidaba que Castaño se había curtido en este tipo de contiendas, de manera que en vez de hallar en él un aliado, vi con profunda desesperación que se plegaba al bando contrario y formaba nuevo número para gozar de mis tribulaciones.” (…)

“Llegamos a Luján, cenamos… y no recuerdo nada más porque entregué el rosquete. A las cuatro de la mañana, la voz de Poblet me despertó. Volví a la triste realidad. ¡Seguir a Rosario con los caminos en ese estado! Hasta las placas se estremecieron ante la horrible perspectiva, y mientras yo sufría internamente, Poblet, Carlini, Maggioni y Radé se mostraban francamente optimistas.”

“Desde Villa Constitución hasta Rosario marchamos de noche. ¡Sufrimiento espantoso que no me atrevo a interpretar! En Rosario dormí como un bienaventurado, y después de un día de descanso, emprendimos viaje a Córdoba. A todo se habitúa el hombre, imagínese el lector, mi respetable humanidad, poco menos que acuñada en el baquet del Buick, con las piernas contraídas, para permitir que mi compañero se sentara a la parisien, con la valija y las máquinas fotográficas, un arsenal de frascos grandes, una batería de botellas chicas, una canasta on las provisiones y tres cartuchos con frutas. Si por lo menos me hubieran dado el tiempo necesario para numerar las botellas y clasificar los paquetes…”

“Llegamos a tortugas y allí hice una barbaridad. Ya había aprendido a dar manija y en la etapa a Rosario, observé que para provocar un mejor enfriamiento, el amigo Poblet y Radé echaban agua al radiador por la parte de afuera, para librar los tubos de la capa de barro que traían. Entonces, preparé un balde con agua recordando la cuestión del radiador, resolviendo “epatar” a los presentes con mis conocimientos refrigerantes y ¡zas! Le zampé los veinte litros de agua al radiador del Buick. Tres ratés y el motor se detuvo, e instantáneamente se soltaron las lenguas de mis dos compañeros que me vistieron de oro y azul. Radé la pateaba que era un contento. ¡Que calor! No me atreví a reírme por temor a morir de muerte violenta (…) Varios minutos de pérdida y seguimos la marcha. Este hecho me sugirió la idea de un dispositivo especial, una plancha de acero, por ejemplo, para colocar  delante del radiador, y tapar todos esos agujeritos que tiene, evitando así, que el agua penetre al motor, le dí la idea a Radé y casi me mata. Deduje que mi invento no era práctico y callé.”(…)

“En Bell Ville, durante la noche, pasé los momentos más amargos de mi existencia. El sol y el aire habían operado en forma desastrosa sobre mi cara, de manera que la piel caía a pedazos, descubriendo la carne viva, ya en supuración. Carlini me insinuó que al día siguiente marchase con la cara descubierta, para que el sol quemase mis heridas. Sentí tentaciones de ahogarlo, creyendo se burlase de mí, pero recapacité, pensé en su experiencia, y llevé a cabo su consejo. Llegando a Córdoba, constaté alegremente que mejoraba.”

“En cuanto a mis huesos, no han mejorado, y he notado que los equipos de los coches están mal formados, ya que falta una bolsa para juntar los huesos de los novicios.”

Estas vivencias, que juntos volvemos a disfrutar, a 102 años de distancia, nos acercan de manera única, a esas épocas tan románticas de nuestro querido automovilismo.

Y de la carrera ni hablar, tuvo condimentos de todo tipo. Se largó el 28 de febrero, a las 07:10 de la matina, largando cada participante, con 5 minutos de diferencia entre si. Es verdad que el mote de “el gran Premio” todavía no se instalaba en el vocabulario cotidiano, oficialmente, se le puso esta vez, el pomposo nombre de “Concurso de tiempo”, teniendo como premio la copa “Juan A. Roth”, porque la copa anterior, llamada “trofeo Pacheco Anchorena”, había quedado en manos del ganador de la primera edición, Juan Casoulet.

Una vez que los muchachos estaban en carrera, comenzaron los dolores de cabeza, florecían los pinchazos y reventones por el mal estado de los caminos, encima, había que andar retaceando velocidad, debido a las curvas cerradas de los caminos, imagínense, las velocidades no eran muy elevadas que digamos,¡ y encima había que andar a medio acelerador !

Era común en ese tiempo, que los corredores tomaran “atajos” para esquivar pantanos, o bien, para acortar algunos kilómetros. Así obraron Alberto Roth y su mecánico Hipólito, que al tomar un atajosin saber en que estado estaban esos  caminos, se toparon con dos pantanos, de esos que no los pasa cualquiera. Así lo contaba Roth:

“El Case y el Springuel, después de pasar por James Craik, iban llegando a Tío Pujio, nosotros íbamos detrás, como a 15 cuadras del Springuel, ellos tomaron el camino que sale de esa localidad, y que lleva a Villa María, desechando el camino que une esos dos puntos, y que acorta una distancia como de dos leguas (…) Este camino es transitable, pues los coches lo habían hecho en el viaje de ida, no habiendo más que dos pequeños pantanos (…) en uno de los cuales había estado enterrada una trilladora”…

Fíjense ustedes, la apreciación de Roth, que era de lo más natural  por aquellos tiempos, en los que un pantano, capaz de enterrar a una trilladora, se lo consideraba como “pequeño” claro, no es de sorprenderse, con crónicas de esos tiempos, en los cuales se medían pantanos de kilómetros de extensión, y en algunos casos, ¡de más de un metro de profundidad! La cosa seguía así:

“Nosotros tomamos ese camino corto, que no habíamos recorrido en el camino de ida, ignorando en absoluto su topografía, en el afán de aventajar a los primeros automóviles.”

“ El primer pantano fue pasado sin novedad, no así el segundo. A este había que cruzarlo derecho, pues estaba ya seco en una orilla, pero mi mecánico, quien conducía, titubeo un momento, enderezando el coche hacia el mismo medio. Allí era donde había estado enterrada la trilladora, y por lo tanto, había una huella muy profunda (…) En esa huella, calzaron las ruedas izquierdas del coche, el cual se inclinó bastante para ese lado, quedando las ruedas derechas, en un terreno alto y firme.”

“Al pasar el pantano así inclinados, y llegando a la otra orilla, la rueda delantera izquierda, choco contra una especie de paredón de tierra, girando rápidamente hacia la derecha, lo que aumentó aún más la inclinación del coche, el cual se inclinó tanto, que acabó por tumbarse de costado, poniéndosenos de sombrero” (…)

“ Al empezar a inclinarse el coche, presentí que el coche se daría vuelta y quise saltar afuera, pero no tuve tiempo y quedamos los dos abajo.”

“No me costó trabajo salir, pues tuve la suerte de quedar con medio cuerpo afuera y pude, tras muchos esfuerzos, ayudado por la forma redonda de la carrocería, y por el terreno que formaba allí una pendiente, enderezar el coche, poniéndolo de costado. Saqué a mi mecánico Hipólito, quien había perdido el conocimiento, lo atendí con los medios que tenía a mi alcance, es decir, un poco de café frío y cognac, le lavé las heridas de la cara, y constate la inutilización de su brazo derecho” (…)

“Yo también quedé bastante maltrecho, pues sentía un dolor agudo en el brazo izquierdo, como también en la región dorsolumbar, además de pequeñas heridas superficiales en la cara. En esas tristes condiciones, tuvimos que esperar pacientemente la llegada de auxilios. Como a los 25 minutos vi llegar una chata, con el auxilio de la cual, y del pequeño coche Imperia, tripulado por Maggioni y Graziosi, pude enderezar mi Minerva.”

“Poco después llego el coche Motobloc, cuyos conductores galantemente se ofrecieron para transportar a mi mecánico, al cercano pueblo de Villa María, cosa de urgencia, pues presentaba algunos síntomas de conmoción cerebral”(…)

Se nota que Alberto Roth era médico, por su forma de narrar las heridas sufridas por ambos, ¿no? Su narración termina de la siguiente manera:

“Maggioni puso en marcha la Minerva, a la cual conduje como pude, debido a la impotencia de mi brazo izquierdo hasta Villa María, distante dos leguas del lugar del accidente.”

“Atendiendo al mecánico y haciendo una limpieza superficial de mis heridas en la clínica del doctor Zeballos, dejé a mi mecánico convenientemente atendido allí, y decidí, después de hacer perder dos horas al coche Motobloc, hacer en este, el viaje a Rosario.”

“La carrocería del Imperia ha sufrido bastante, pero el motor no se ha resentido en lo más mínimo”. No puedo dejar de agradecer a los señores D’Arhanpé e Hirigoyen quienes, estando bien clasificados en Villa María hubieran podido hacer un brillante papel con su Motobloc a la llegada de Rosario y por la ayuda que me prestaron, les hice perder toda chance en la carrera.”

Así son las cosas, uno ayuda al otro, para después ser ayudado, por quien ayudó. Es “ley de vida”, ¿no les parece?

Esta escena ha de repetirse en la historia de nuestro automovilismo, una y otra vez, aunque a veces, no había ayuda disponible, y había que seguir, como le pasó a Abel Poblet y al gordo Castaño, quienes con su pequeño Springuel, tuvieron la mala suerte de llevarse de regalo, a la altura de uno de los libros del capot, a un caballo que salía del flanco derecho hacia el camino, a puro trote, en tierra cordobesa.

El mismo Poblet cuenta como quedó el coche, después del golpe:

“El volante se partió, la dirección quedó muy dura y el cardan quedó corrido de su sitio, perjudicando al diferencial , se rajó el block, las palancas de cambios y freno quedaron completamente retorcidas, y yo quedé con un fuerte dolor  en el pecho, debido al golpe repentino contra el volante(…) Seguimos corriendo, pero a menor velocidad, por temor a no llegar.”

En el día de descanso en Rosario, Poblet y Castaño trabajaron todo el tiempo contra reloj en una herrería, pudiendo remendar el block con soldadura eléctrica, tratando de dejar en condiciones al cochecito,  como para afrontar la segunda etapa Rosario-Morón. Poblet pensaba incluso, en abandonar la carrera, sin imaginar lo que el destino le tenía reservado:

“Nuestra máquina se hallaba en muy malas condiciones para continuar, y era necesario trabajar mucho para poder mantener el primer puesto conquistado en la primera etapa. Por momentos, hube de abandonar, desanimado por la cantidad de inconvenientes que se me presentaban, pero sin embargo, los fui venciendo uno a uno.”

Después de pasar toda la noche enderezando fierros, llegaba el momento de poner en marcha al Springuel, y así recordaba el momento Abel Poblet, su conductor:

“Y al mismo tiempo que los primeros rayos de sol iluminaban el taller, un golpe de manija, me hizo sentir el ruido del motor  de mi Springuel, en el cuál ciframos siempre nuestro éxito en tales casos.”

A Rosario llega primero el Case de Turina, pero la etapa la gana Poblet con el Springuel, por haber empleado 6 minutos menos que el primero en llegar, habiendo largado segundo, tercero llega el Imperia de Maggioni, cuarto viene el Mors de Diego Basset, después arribó el Motobloc, y en último lugar, el Buick de Pancho Radé.

Así eran las cosas por aquellos tiempos, Poblet gana la etapa, a pesar de llevarse un caballo por delante, mientras que Maggioni, llega tercero, habiéndose detenido para auxiliar a Alberto Roth y su mecánico, poniéndoles en marcha al Imperia, en cuanto el Motobloc, perdió más de dos horas en llevar a los heridos del vuelco hasta una clínica, para después traer a Roth hasta Rosario, ya habiendo abandonado la carrera. Sin embargo, ni siquiera por semejante pérdida de tiempo llegaron últimos, ese dudoso honor, le cayó a Radé,  ¿será que nuestro simpático  protagonista de ese sabroso ramillete de anécdotas, don Emilio Baudoin, les habrá salido mufa?

Se larga la segunda etapa, y Abel Poblet con el gordo Castaño, y el cochecito Springuel, no están por ningún lado, hay que largar, y ellos tienen que salir primero por ganar la etapa, así que larga primero quien es en realidad segundo por tiempo neto, y con los demás sucede lo mismo.       Algunos chusmas, de esos que nunca faltan, empiezan a chismorrear a boca de jarro:

“Abandonaron, si el coche no servía mas, ¿no lo vieron como quedó el pobre?”

“Lo terminaron internando a Poblet, parece que las heridas del golpe eran bastante fuleras che.”

“¿Y para que querés que larguen, para pasar papelones? Si no quedó nada sano después de la torta contra el caballo.”

“Si yo les digo, que los escuché decir en la herrería que abandonaban, ¿ahora me creen?”

Cuando de pronto, aparece el cochecito medio chueco, y con la carrocería llena de chichones, pero los muchachos que van arriba, están hinchados de esperanza, llegan casi media hora tarde, y están sin dormir, pero llegan, y están dispuestos a dar batalla.

Poblet recordaba la partida:

“El orden de llegada a Rosario, nos había colocado, con respecto al Case de Turina, en una condición tal, que hacía presumir una lucha terrible contra ese coche.”

“ Cuando nos presentamos a la raya de salida, nuestro competidor Turina, hacía 29 minutos que había sido largado, aventajándonos  por lo tanto, en 24 minutos. Sin embargo, no me desanimé y después de escuchar unas cuantas palabras de aliento, saludamos con la mano y emprendimos la marcha.”

¿Y después? Cuente Abel, ¡cuente, cuente !

“Pronto encontramos al Mors , más adelante al Buick y luego al Imperia, y al pasar junto a cada uno de ellos, nos saludaban animándonos con ademanes y gritos.”

“Al entrar a San Nicolás, paramos para echar agua, y en eso pasó el Imperia, a quien volvimos a pasar a la salida. Seguimos mucho tiempo solos hasta que llegamos a un apeadero y paramos para echar agua, recibiendo una grande y grata sorpresa: Vimos a 50 metros detenido al Case, averiguamos lo que le ocurría, y supimos que tenía una avería seria. Sin pérdida de tiempo, reanudamos la marcha, saludando con la mano a nuestros terribles adversarios.”

“Desde ese momento, la suerte nos abandonó por momentos. En San Pedro, tuvimos que llegar hasta el centro del pueblo para echar nafta Pasamos San Andrés de Giles y llegamos a Luján, donde cargamos nafta y agua. Allí nos hicieron saber, que por Carlos Keen, hacía 10 minutos había pasado un coche, y que en ese momento, estaba pasando otro.”

“Rápido saltamos a nuestros asientos y emprendimos la marcha, dispuestos a llegar primeros o romper el coche (…) Castaño me avisa que se ve un coche detrás, y por temor a que fuera nuestro bravo competidor, aceleré mi motor, a riesgo de quedarnos inmovilizados si se terminaba de romper el diferencial. Pero la suerte quiso prestarnos su ayuda en los últimos momentos. Antes de llegar a Morón, comencé a ver caras conocidas a ambos lados del camino, mientras nos animaban vitoreándonos.”

“Dimos el último viraje. Llegamos, e inmediatamente fuimos rodeados por mucha gente que nos felicitaba y nos expresaba su sincera alegría, estrechándonos las manos y abrazándonos.”

“Éramos los vencedores, los que luchamos tenazmente, no con el anhelo de llegar primeros para aprovechar el triunfo con un fin comercial, sino defendiendo los colores de dos banderas, la de mi patria y la de mi máquina.”

“También nos cabe la satisfacción de haber probado que con un buen coche y buenos neumáticos, se va donde se quiere. Utilicé un juego de neumáticos Continental, y me declaro satisfecho de su actuación.”

Así de simple era Abel Irineo Poblet, nacido en nuestra ciudad Capital, el 15 de diciembre de 1885.Nadie lo tiene como un exitoso corredor, ni siquiera como a un hombre ligado a los deportes mecánicos, sin embargo, supo sobresalir corriendo en motociclismo, pasando a los autos, y triunfando en su primer intervención en el segundo “circuito” de 1908, que comprendía un recorrido de más de 71 kilómetros, sacó su “brevet” de piloto de aviación en 1911, pasando a ser importador de los automóviles Springuel, fabricados en Bélgica, y convencido de la calidad de los coches que vendía, se anotó confiado con uno de estos autos ,los que al parecer, nos son tan ignotos hoy día, como nobles demostraron ser en su momento.

Y ustedes se preguntarán: “¿ Y cómo salió Pancho Radé, quien llevó a don Emilio?” Bueno, abandonó, y al parecer, no fue por sufrir accidente alguno…

Así que… ¿Ahora, cómo hacemos para sacarnos la idea de que nuestro gordito amigo no era ningún mufa ?

Nicolás Lucas Barón.

El asterisco que aparece junto al nombre de Hardcastle, nos refiere al apellido de don Arturo, el importador de los Buick que muy alegremente transitaban por nuestro suelo en aquellos años.

En cambio, los dos asteriscos marcan que “Dartigue”, era el diminutivo de don Luis Dartiguelongue, el importador de las motocicletas Harley- Davidson , que se comercializaban en el país por aquellos tiempos.

Las imágenes nos muestran DE ABAJO HACIA ARRIBA a Abel Irineo Poblet, sonriendo junto al “gordo” Castaño, su acompañante, y a la izquierda de Abel, un comisario deportivo del A.C.A. posando con un banderín de señalización. También, podemos ver en la otra imagen, a la pareja ganadora arriba del Springuel, mostrándose el gran golpe contra uno de los libros, el del lado derecho. Después, aparecen los ganadores en plena carrera, mientras que en la cuarta imagen, vemos a Turina, a los mandos del Case tan temido ( y con razón) por Poblet y Castaño.  También, vemos la figura del Imperia de Maggioni, otro bravo rival en carrera, para cerrar con un retrato del doctor Alberto Roth, quien volcara con su Imperia, junto al mecánico  Hipólito.GRAN PREMIO CORDOBA 3 NOTA 5 GRAN PREMIO CORDOBA 3 NOTA 4 GRAN PREMIO CORDOBA 3 NOTA 3 GRAN PREMIO CORDOBA 3 NOTA 2 GRAN PREMIO CORDOBA 3 NOTA 1 GRAN PREMIO CORDOBA 3 NOTA

Los espero a todos ustedes, en la página web del petit museo de nuestro amigo Omar Roglich, para disfrutar de la próxima entrega de esta hermosa historia, de los grandes premios a Córdoba.

Ahora, en la cuarta entega, vamos a ver que pasó en las ediciones de 1915 y de 1916. ¡Hasta la próxima!

 

 

 

 

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